lunes, 11 de abril de 2011

JUANCHO POLO VALENCIA

UN JUGLAR QUE VIVIÓ Y MURIÓ EN FUNDACIÓN






El legendario JUANCHO POLO VALENCIA, nació un 18 de septiembre de 1918, en el corregimiento de Candelaria, más conocido como Caimán, en el Municipio del Cerro de San Antonio, Departamento del Magdalena y murió en Fundación un 22 de Julio de 1978, a los casi 60 años.

Fueron sus padres Juan Manuel Polo Meriño y María Del Rosario Cervantes Verdugo. 

El matrimonio tuvo otra hija de nombre María Polo Cervantes; madre de los miembros del conjunto vallenato de Santa Rosa de Lima, llamado “Los Hermanos Polo”, que tuvieron vigencia musical hasta la década del ochenta.

Su nombre real era Juan Manuel Polo Cervantes y a los 6 o 9 años de edad, sus padres se lo llevaron a vivir a Flores de María, donde transcurrió su infancia.

Se había ganado el remoquete de "Valencia" desde joven dada su admiración por el poeta Guillermo Valencia Castillo, de quien se le oyó recitar algunas piezas, y se dice que su padrino el terrateniente Andres Gamarra Meza así lo llamó para siempre.

En su familia, sin embargo, existe la versión de que se ganó el apodo desde sus primeras horas de nacido porque llegó al mundo con la cabeza brillante y pelada, lo que de alguna forma evocaba al poeta payanés.


Partida de Bautismo
Fue bautizado el 14 de febrero de 1919, con el nombre de Juan Manuel, en la parroquia del Santo de Padua en El Cerro de San Antonio.





Contrario a lo que se dice que era un iletrado, estudió parte de su primaria en la escuela de Monterrubio. Allí solía lucirse leyendo discursos de inspiración propia en ceremonias cívicas y en secciones solemnes. Ana Caba, Josefa Varela y Anaul Moreno fueron algunos de sus maestros.

SUS INICIOS EN EL FOLCLOR

Su papá le enseñó a tocar la flauta de gaita, pero Juancho, terminó inclinándose por el acordeón, era un acordeoncito pequeño de dos teclados, también de su padreque. Lo comenzó a ejecutar primero de oídas, aunque por un tiempo hizo parte de los gaiteros de su pueblo. 

Sus inicios en el acordeón datan del año 1936, cuando acompañaba esporádicamente a su amigo Ángel María, un acordeonero de origen sabanero que le inculcó este arte. 

De su tío Pedro “Pello” Polo, también tomó algunas clases, pero solo bajo la influencia del maestro Pacho Rada emprendió la consagración como ejecutante del acordeón de manera profesional. 

De origen campesino tocó el acordeón de puro oído, siendo un intérprete diferente a los demás acordeonistas, ya que su estilo no tiene imitadores, es un estilo único y original.

Componía y cantaba incluso cuando salía con su sobrino Eudubaldo José a buscar materia prima para fabricar escobas de palma. Entonces comenzó a ser conocido en los medios rurales y empezó a forjarse una buena fama como verseador de notas sentidas por los lados del Magdalena y el Cesar.

Este reconocimiento doméstico le mereció invitaciones a fiestas en la que se distinguía por su estilo cadencioso y lento en el que el acordeón era acompañado por una letra espontánea que a muchos se les antojaba extraña, pero que le salía del alma con la ayuda metafórica de la montaña, los valles y los pájaros.

Para Alfredo Gutiérrez, por ejemplo, la más bella estrofa de Juancho Polo Valencia está precisamente en una de las canciones raras era el pájaro carpintero: El pájaro carpintero/ qué pájaro tristecito/ ese tiene algún misterio/ cuando rompe el palo con su pico.

Por donde iba, Juancho Polo se paseaba con su pinta estrafalaria de camisas multicolores y brillantes y pantalones de dril de botas de campana. A la cintura llevaba, por lo general, una correa ancha que se abrochaba al centro con una hebilla plateada.

Tenía el cabello crespo y negro. Era delgado, y aunque por herencia tenía que ser moreno, lucía más bien pálido. Isaac Villanueva, por ejemplo, lo recuerda amarillo como si siempre hubiera tenido cirrosis, con apariencia de anciano pese a que cuando Víctor Moreno se lo presentó, Juancho Polo apenas había superado los 50 años de edad.

Desde muy joven, Juancho leía la Biblia con voracidad, y por testimonios de sus familiares más cercanos, se sabe que la canción Jesucristo con San Juan está relacionada con una interpretación muy particular que hizo del pasaje del bautizo divino. Incluso, alguna vez se le escuchó decir que Lucero espiritual era el Dios que él veía en la Biblia.

Con su acordeón, se encerraba por horas en su cuarto y componía canciones que iba escribiendo en hojas de cuaderno con cuidadosa caligrafía y con respeto por las normas idiomáticas. 

Para ese entonces, vivía con su hermana en una casa de tablas levantada en una esquina del corregimiento de Santa Rosa de Lima, a 10 minutos de Fundación.

Junto con su maestro Pacho Rada, y con los músicos Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez y Abel Antonio Villa, conformó el grupo de los que alegraban el Magdalena, palabras de autodenominación expresadas por el propio Rada en una entrevista.

Su compadre Víctor Moreno, un peluquero cuya afición por el vallenato lo había llevado a acompañar a Juancho Polo en muchas parrandas a lo largo y ancho de la Costa, fue quien lo llevó a Barranquilla para que hiciera sus primeras grabaciones. Junto con el promotor de música Isaac Villanueva, lo llevaron casi a la fuerza a los estudios de Discos Tropical.

En el año de 1966 grabó para Discos Fuentes las siguientes canciones: “Lucero Espiritual”, “Me Robaron el Sombrero”, “Sío Sío”, “El Duende”, “Niña Mane”, “Vení Vení”. En el año de1971 grabó: “Alicia Adorada”, “Si Si Si”, “El Provincianito”, “El Carro Ford”, “La Democracia”. Otras de sus canciones famosas son: “El Pájaro Carpintero”, “Casa Grande”, “Josefina”, “Mi Sombrero Blanco”.

EN EL FESTIVAL VALLENATO

 Juancho Polo Participó en muchos eventos del festival de Valledupar, en algunos no se presentó a la tarima porque estaba borracho. Se recuerda el año 1972, cuando tuvo una frustrada presentación en el Festival de la Leyenda Vallenata, en el que no alcanzó llegar a la final. Ese año sus seguidores protagonizaron una pedrea en el lugar, porque fue descalificado.

Nuevamente se inscribió en 1975, ante la oficina de Turismo del Cesar, entidad que en aquel entonces organizaba el Festival Vallenato, pero como no podía llegar el día señalado, sino al día siguiente, les comunicó a los organizadores por medio de un telegrama: “Imposible viajar, sigo esa".

No fue rey vallenato, pero las veces que participó, contagiaba de popularidad a su gente, lo que obligó a las directivas del festival en 1977, declararlo fuera de concurso. Ese año se presentó con las siguientes canciones: “Pájaro Carpintero”, “Alicia Adorada” y “Lucero Espiritual”.

SU PRIMERA MUJER


Alicia Cantillo

Juancho Polo Valencia era uno de los trovadores más famosos del folclor Vallenato. Iba de pueblo en pueblo con su acordeón, animando fiestas y parrandas. A través de sus canciones, contaba historias, anécdotas propias y ajenas, daban cuenta de nacimientos, bodas y de velorios, convirtiéndose en corresponsal musical de toda la región. 

Las giras de Valencia podían durar hasta dos meses y aunque le pagaban en ocasiones tocaba sin cobrar, o lo intercambiaba por alimentos, una cama o botellas de licor. Y apenas clareaba el día en lomo de bestia hacia un nuevo destino emigraba.
En uno de esos viajes en la década del cuarenta, visitó a Concordia, y en ese poblado conoció una joven quinceañera, que lo impresionó por su belleza y dulces modales. De inmediato decide pretenderla y ella ilusionada por su voz, la rima del trovador, su forma de vestir de camisas de colorines, sombrero vueltiao, pantalones de terlenka y abarca tres puntá, le corresponde a sus encantos.

Se trata de Calixta Alicia Cantillo Mendoza, natural de Concordia, nacida un 14 de diciembre de 1922 y a la que llamaban solamente como Alicia.

El disipado mozo de rasgos indígenas enamoró a tan hermosa doncella, y en vista de la oposición de los padres de la menor deciden fugarse. Felicidad Mendoza, la tribulada madre de tan inocente joven, consideraba a Juancho un borracho buena-vida, indigno de su bella hija y desolada lo llamaba: "El Maldito de la Verónica".

A sus 16 años se la "Llevó a vivir", como decían antes, huyendo con ella en lomo de mula, primero hasta la población de "Caimán", y luego a Flores de María.

Flores de María era uno de los tantos pueblos que surgían alrededor de las enormes fincas, como la de Don Andrés Gamarra Sierra que poseía 35.000 hectáreas en ese sector.  Era un pueblo sin caminos, sin colegio, sin autoridad y sin cura.

En esa región, todo era itinerante: la salud, la partida de bautismo, los oficios religiosos, las parrandas. Si tenías suerte de enfermarte cuando estaba de paso el médico, podías salvarte. Si no,  se dependía de la voluntad de las personas para atravesar los inhóspitos caminos y bajíos hasta llegar a Pivijay, que era lo más cercano, a cinco leguas de camino, un día de bestia.


La hermana de Juancho, Ana Polo Cervantes, contaba que su hermano llegó con Alcia a Flores, de la misma manera en que se la robó a sus padres en Concordia: a lomo de mula. 

Era una manera romántica y rebelde de escapar con el amor prohibido, en aquella Colombia primitiva y bucólica del siglo pasado. 

Llegaron bajo el cielo discreto de un anochecer de grillos, la inocente jovencita provinciana con aquel gallo veterano, dispuestos a afrontar la incertidumbre de una vida en pareja. 

Era evidente que ambos tenían diferentes aspiraciones: Alicia se imaginaba una casita en el campo al lado del hombre que la divertía con sus ocurrencias, sus canciones y su acordeón guarachero. Valencia, en cambio, cabestreaba la cuerda de la mula que cargaba a su doncella inmaculada, como el trofeo de una hazaña, pero sin renunciar a su vida andariega y disoluta de la que nada ni nadie jamás pudo sustraerlo. 

La llegada a Flores de María pronto definió las cosas. No hubo casa campesina, sino una pieza en la choza familiar, y mientras Juancho, ídolo de la región, pronto retomó sus andanzas, con sus recorridos a lomo de animal, con el acordeón al hombro y ausencias de hasta un par de meses.

Al poco tiempo de convivencia, los pueblos empezaron a reclamar al ídolo y Juancho fiel a su vocación en compañía de su acordeón salía hacer lo que mejor sabía. Alicia se quedaba en su rancho del estanque, esperando que no fuera larga su partida.

En unos de esos viajes embarazada de su primer hijo la dejó, prometiéndole que no demoraría en esta ocasión.

Pero pasaron los meses y Juancho Polo no aparecía, de vez en cuando llegaban informaciones de los lugares, cada vez más lejanos, por dónde estaba. Para Alicia, el trovador extendía la gira en su afán de ganar dinero para atender a su creciente familia. 

Para sus amigos en cambio, Valencia estaba de juerga en juerga sin apuro en regresar, por lo menos hasta llegado el momento de la venida de su primogénito.


Pero Alicia por su mal embarazo partió a mejor vida, mientras que Valencia parrandiaba por las tierras rojas de Pivijay.  

Ella murió solita como dice la canción, invocando a su marido y a los santos de su devoción, mientras que todos en el pueblo culparon de su muerte a tan irresponsable progenitor.

A los tres días del sepelio los habitantes de flores al caer la tarde escucharon las notas de un acordeón plañendo en el cementerio. Inmediatamente supieron que era Juancho el que había regresado. Subieron acompañarlo, encontrándolo sentado junto al túmulo de Alicia, cantando la canción que lo haría famoso, la que le había compuesto con el dolor abierto como una herida y la desolación causada por tan irreparable ausencia.

LA MUERTE DE ALICIA


La hermana de Juancho Polo manifestaba, que la salud de Alicia desde los primeros meses de su embarazo se resquebrajó. Se le hincharon las piernas y la retención de líquidos le produjo problemas en la circulación. 

Le recomendaron que guardara cama de manera permanente, lo que agravó su padecimiento. Le brotaron tumoraciones y hematomas. 

En su delirio, lloraba pidiendo a los santos que le alcanzaran su salud y en medio de las oraciones imploraba por el regreso de su furtivo compañero.

Era el año 1944, Alicia Cantillo con tan solo 20 años, estaba enferma de gravedad por los padecimientos de un mal embarazo y así la encontró Juancho al regreso de uno de sus viajes. 

Tan incapacitada estaba, que no podía levantarse, presentaba anemia, moretones en el pecho, piernas hinchadas y encías sanguinolentas. 

Primero la vio el doctor Herrerra, así como el único médico de la zona, el doctor Antonio Pimienta, de Canoa, el cual le recetó medicamentos que sólo podían adquirirse en Pivijay, a un día de camino por las trochas imposibles del invierno. 

Durante el embarazo poca atención había recibido la enferma, a la espera de que apareciera el marido errante. 

Valencia con la receta medica en la mano, esa misma noche tomó camino hacia Pivijay.

Pero Alicia entró en agonía y en medio de su tribulación le imploraba a los santos que no la dejaran morir, llamaba a Valencia y como éste no acudía acusaba a su familia de estárselo ocultando. 

Murió con aroma a jabón de monte, con dolores sin paliativos, con el desgano y la desesperanza que implica el embate de la pre-eclampsia, rodeada de personas extrañas, muy lejos de su familia y del hombre que amaba; esperando los medicamentos que nunca llegaron.

Varios hombres de Flores salieron a lomo de bestia para Pivijay en busca de Valencia para comunicarle la noticia. 

Juancho cuando llegó a Pivijay en busca de los medicamentos, se había encontrado con sus amigos, éstos lo invitaron a que les animara una parranda y se tomara unos tragos, en el entretanto murió Alicia. 

Cuando llegaron los emisarios con tan mala noticia, lo encontraron en plena francachela, Valencia reaccionó aturdido, emprendiendo de inmediato el retorno.  Y mientras el juglar recorría los caminos maltrechos del invierno con el alma despedazada, Alicia era objeto de un sencillo funeral en el cementerio de Flores de María.

El pueblo, acostumbrado a la paz de su marginalidad, se había convertido de repente en un hervidero, cuyo sentimiento predominante era el rencor ante el marido irresponsable. 

Milciades Gamarra, ganadero de la zona, que era un niño en esos tiempos, cuenta que Valencia llegó a los tres días del sepelio sobre un caballo, y con la borrachera viva.

Cuando llegó a su casa sólo encontró la mesa del novenario, con sus últimas flores, la imagen del Sagrado Corazón y el rastro de cera de las velas sobre los candeleros improvisados. Hacía tres días que la habían enterrado.

Crucita Gamarra (madre de Andrés Gamarra) y Digna Barragán llenas de rabia le salieron al paso, increpándolo fuertemente:

— ¡Juanchopolo irresponsable, mire lo que ha pasado por culpa suya!

Pero sin arrugarse por el reproche, Valencia ripostó con una frase altiva que más indignación causó:

— ¡Doña Crucita, deme una botella de ron pa’que vea lo que traigo!”

Lo que traía era la composición Alicia Adorada, la canción que había compuesto en el camino. 

El repudio del pueblo por tan irresponsable actitud, provocó en el alma de Valencia un sentimiento de culpabilidad muy fuerte y con una botella de ron que doña Crucita le obsequió, se dirigió al campo santo y en el suelo sobre la tumba fresca de Alicia comenzó a ejecutar el acordeón la canción que lo haría famoso "Alicia Adorada". Eran las cuatro de la tarde.

Alicia Cantillo, 
Primera comunión
Varios de los viejos de Flores de María coinciden en el relato de aquel instante: 

El pueblo al escuchar los acordes de un acordeón, supieron que era Juancho que en el cementerio enarbolaba aquellas melodías, y dirigiéndose en silencio en un mar de dolor lo encontraron repitiendo una y otra vez la hermosa canción que acababa de crear. 

A Valencia le temblaba la voz, pero cantaba con determinación.

Las notas de ese acordeón en aquel cementerio sin gloria, ubicado sobre una pequeña loma, fue testigo sin excepción de la primera interpretación de tan emblemática composición que de tanta gloria ha llenado al folclor.

Por esos días trágicos no volvieron a ver sobrio a Juancho, quien a medida que pasaban los días le agregaba nuevas estrofas a su pieza musical. 

Luis Meza, uno de sus mejores amigos en el pueblo, utilizó la palabra “desmentizado” para referirse al Valencia de esos momentos. 

Pronto fue evidente que Valencia no se sentía cómodo cantando su obra maestra. En ocasiones comenzaba a intepretarla y no era capaz de terminarla, cayendo en un llanto profundo y lanzando retahílas de remordimiento.

Monumento en Caimán 
su tierra natal

La muerte de Alicia trastornó por completo la vida de Juancho Polo, a partir de entonces se sumerge en el más completo abuso del alcohol y se despreocupa de su apariencia.


Alicia Adorada fue la canción que Alejandro Durán interpretó, cuando se coronó como Rey Vallenato en Valledupar en el año 1968.







ALICIA DORADA

El mundo de poeta errante que llevó consigo y Alicia Cantillo, con su trágico fallecimiento prematuro a los 20 años de edad, generó en Juancho Polo esa alquimia de remordimiento e inspiración que lo condujo a crear esta obra maestra del vallenato de todos los tiempos, esa hermosa y lírica canción “Alicia Adorada”.


Esta primera estrofa de Alicia Dorada, es inmensa y recoge una verdadera interpretación del mundo; y demuestra lo mucho que tenia de creador, lo mucho que sintió, la desesperación y la angustia por la pérdida de su compañera. Siempre la recordó en todas sus parrandas, porque se volvió bohemio y falleció con su canto parrandero y lleno de dolor:

“Se murió mi compañera, que tristeza,
se murió mi compañera que dolor
y solamente a Valencia, ay hombe,
el guayabo le dejó.”

El eco de la canción comenzó a correr por la comarca y así llegó a oídos del gran Alejandro Durán, quien unos años después la convertiría en punta de lanza de su repertorio para ganarse el Primer Festival de la Leyenda Vallenata, en Valledupar.

Esta composición, la conoció Alejo Durán por el año de 1942, cuando “Juancho” Polo se la tocaba, se le aguaban los ojos, y en el año 68, cuando Durán gana el Festival Vallenato, se interesó más por esta obra musical.

Polo Cervantes, nunca se imaginó que Alicia, sería un éxito cuando se la interpretó en Barranquilla a Jaime Cabrera, y mucho menos, que Alejo arreglara el lamento más exitoso y grandioso de la música de acordeón, por esa nota clara y por la expresión linguística: “Ay Hombe”.

Este homenaje a su mujer del alma, ha viajado por todo el mundo en las voces de cantantes extranjeros y nacionales. En Colombia sus más fervientes exponentes han sido: Alejo Durán, Jorge Oñate, Carlos Vives y Egidio Cuadrado.

El fantasma de Alicia adorada acecharía a Juancho Polo Valencia hasta el final de sus días, casi medio siglo después. Ya nada podía consolar a este hombre abrumado, perturbado eternamente por la culpa que lo perseguía como su implacable verdugo, ni aun cuando la canción se convirtió en una de las más famosas del folclor, Valencia se sintió cómodo con ella y casi siempre evitaba cantarla. Terminaría convertido en una miseria andariega, objeto de burlas callejeras. Tocaba en las esquinas por un trago de ron.


EN CANOAS

Luego de la muerte de Alicia trabajó como corralero en la finca El Amparo, corregimiento Canoa, municipio de Pivijay, de propiedad de Andrés Villa Bocanegra. Su patrón amante de sus cantos le regaló su primer acordeón profesional, el cual subido en las barandas del corral tocaba por las noches. En esta finca compuso muchas canciones que hoy son historias en el folclor vallenato. 

Más tarde viviendo en el municipio de Pivijay, hubo una época en que se volvió loco, en vista de esto el ganadero Alfonso Severini se lo llevó para su finca Nueva Esperanza, para que se rehabilitara.

SU APODO DE "VALENCIA"

Fue apodado 'Valencia' por ser el apellido de un poeta nacional y en vinculación con las virtudes del joven Juan para declamar poesía. 

Se comenta que este apodo se lo colocó su padrino el ganadero y terrateniente Andrés Gamarra Meza, tomándolo de Guillermo Valencia Castillo (Popayán 1873 – 1943), quien fue un poeta y político colombiano, pionero del Modernismo en Colombia, además diplomático y candidato presidencial.

Juancho adoptó desde entonces el "Valencia" como segundo apellido en su nombre artístico, y así se le recuerda.

El acordeonero Sebastián Polo Hernández, hijo del músico, nos cuenta que su padre siempre le hablaba de la gran admiración que sentía por el poeta payanés precursor de la poesía moderna en Colombia, Guillermo Valencia Castillo, fallecido en 1943, cuando Juancho contaba veinticinco años de edad. Por esta razón tomó el apellido Valencia, dejando en el olvido el de su progenitora María del Rosario Cervantes Berdugo, una señora blanca de facciones finas, nacida también en el corregimiento de Caimán y casada con Juan Polo Meriño, con quien tuvo dos hijos, el legendario Juancho y María.

ESTUDIOS

Su fama de poeta natural se veía fortalecida con la certeza popular de que no sabía leer ni escribir, cosa que nunca se preocupó por desvirtuar. Es verdad. Yo no sé ni la O , decía a sus amigos. 

Esta verdad pasó la frontera, hasta el punto en que todavía se le escucha decir al venezolano Pastor López: 

"Juancho Polo Valencia/ no tiene dientes ni tiene muelas/ no tuvo grado de escuela/ pero al cantar es la ciencia .

Pero contrario a lo que se cree, Juancho no era un iletrado, estudió parte de su primaria en la escuela de Monterrubio. Allí solía lucirse leyendo discursos de inspiración propia en ceremonias cívicas y en secciones solemnes. Ana Caba, Josefa Varela y Anaul Moreno fueron algunos de sus maestros.

Muchas personas se asombran de su firma, estampada en una dedicatoria que le hizo al maestro Marco T. Barros Ariza, el 29 de octubre de 1976. 


Definitivamente no asocian su vida desordenada con los trazos ordenados y constantes de la firma, que encierran excelente caligrafía y buen manejo de las letras. 

Es claro que el juglar fue un lector incansable, que gozaba cuando conocía una nueva palabra y su significado, la cual comenzaba a utilizar inmediatamente en conversaciones que él llevaba a un punto donde pudiera colocarla correctamente.

Desde muy joven, Juancho leía la Biblia con voracidad, y por testimonios de sus familiares más cercanos, se sabe que la canción Jesucristo con San Juan, está relacionada con una interpretación muy particular que hizo del pasaje del bautizo divino. Incluso, alguna vez se le escuchó decir que Lucero espiritual era el Dios que él veía en la Biblia.

Con su acordeón, se encerraba por horas y componía canciones que iba escribiendo en hojas de cuaderno con cuidadosa caligrafía y con respeto por las normas idiomáticas. 

Varias de esas composiciones las hizo mientras vivía con su hermana, en una casa de tablas levantada en una esquina del corregimiento de Santa Rosa de Lima, a 10 minutos de Fundación.

Escribía sus canciones en un cuaderno de 200 páginas, que en alguna mano amiga deben reposar, perdiéndose varias inéditas. 

Sus lecturas favoritas, la poesía y los temas religiosos, le sirvieron de fundamento para sus canciones más conocidas.
SU FAMA

Juancho fue un campesino humilde que lleno de música a Colombia e impuso el estilo vallenato , dejó en los amantes de este folklor los recuerdos del lírico compositor, que con su acordeón al hombro, su sombrero vueltiao, y sus abarcas tres puntá, nos embriago muchas veces con sus sentidas notas musicales que gratamente escuchamos por doquier.

Tuvo y llevó ese carisma durante mucho tiempo, sin ser publicitado, promocionado y comercializado por las casas disqueras, como tampoco conoció la arrogancia y la pedantería de muchos artistas que dicen llamarse “Figuras”. 

Toda su vida la pasó tocando, cantando y viajando como un Juglar, de esos que se recuerdan y tienen historia, con la diferencia que, a éste todavía no se le ha podido reconocer, porque las llamadas organizaciones de compositores no le hacen a nuestros artistas los verdaderos reconocimientos.

Amenizó un sin número de parrandas sin cobrar un solo centavo; como solían ser las parrandas de esos “Tiempos idos”.

La fama de Juancho Polo Valencia resurgió gracias a la polémica desatada en 1968, en el primer festival de la leyenda vallenata, cuando el rey Alejo Duran desempolvó el tema Alicia Adorada, que Alejo había grabado en 1950 como de su autoría, sabiendo que el verdadero autor era Juancho Polo. Alejo Duran ante las críticas y disgusto de Juancho Polo, rectificó lo sucedido convirtiéndose esta canción en un éxito.


La fama le llegó a la par con la vejez, caracterizándose por ser un hombre de peleas y desordenado con el licor; en muchas ocasiones retó con su música a los provincianos del Cesar y la Guajira, pero nunca le respondieron. Fue un gran verseador que correteaba a sus colegas de las parrandas, como le ocurrió al rey Alejo Duran en la finca de los Andrade en Fundación. Al decir de Abel Antonio Villa, en su época Juancho Polo se adelantó con su canto y estilo a las demás generaciones. Fue un compositor nato solo interpretaba y grababa canciones de su autoría. El sombrero y las abarcas tres puntá, eran parte del atuendo del célebre maestro.


SU OTRA ALICIA


Alicia María Hernández

Juancho tuvo otra Alicia, se trata de Alicia María Hernández Páez, natural también de Caimán, con quien contrajo matrimonio en la Parroquia de El Cerro San Antonio, un 29 de diciembre. 


Iglesia Cerro San Antonio
Mientras que con su inolvidable Alicia Cantillo no tuvo hijos, con Alicia Hernández procrearon dos: Sebastián "Chan" Polo Hernández, heredero de los secretos musicales de su padre, y Rosa Polo Hernández apodada "La niña Rosa"

Sebastián “Chan” nació un 20 de enero, de 1944 en Flores de María. Fue criado en una finca de sus abuelos Juan Polo Meriño y María del Rosario Cervantes Berdugo.

“Chan”, de gran parecido físico a su padre, desde pelao ayudaba a su abuelo en los trabajos de la finca. Se hizo músico tardíamente, a los 35 años; y dirige un conjunto llamado “Los Herederos de Juancho Polo”, con el que toca por pueblos y fiestas familiares. Reside en Barranquilla, en donde por más de 20 años, se ha rebuscado en la Plaza de los Músicos. Su voz es idéntica a la de Juancho Polo y se ha preocupado porque la música de su padre siga viva. 


Rosa María Polo Hernández, la otra hija de Juancho Polo, siempre ha vivido en Fundación, acompañando a su madre Alicia Hernández Páez.

Ver también: La Muerte de Juancho narrada por su hijo


LA OREJA MOCHA


Ocultaba su oreja derecha con el sombrero

Este juglar vallenato que había nacido en Candelaria, población al que propios y extraños llaman Caimán. Fue un bohemio trashumante, bastante desordenado, y en sus correrías quedaron muchas anécdotas que lo dibujan como un hombre contestatario, polémico, terco, grosero, y agregan que era un peleador que no medía las consecuencias de sus riñas callejeras. 


Poco le interesaba el peso y la talla del contrincante para enfrentarlo por el mínimo motivo. Tal vez la más célebre de sus riñas ocurrió en la Semana Santa de 1950, se presume que fue en ese año, aunque el juglar no era claro sobre la fecha en que sucedió el incidente.

Juancho tenía unos 32 años, y después de una presentación en los campamentos de la finca Nicoya, en El Retén, corregimiento de Aracataca. Un negro bastante fornido a quien apodaban El Chino de Bolívar -cortador de caña en La Sombra, finca de Juan Vicente Calderón – quiso arrebatarle el acordeón y como resultado se liaron a los puños llevando Juancho Polo la mejor parte. 

El Chino, al ver que perdía la pelea ante un hombre delgado y tragueado, optó por morderlo en la oreja derecha cercenándole una buena parte, hecho que después lo obligaría a usar su sombrero ladeado para ocultar la huella dactilar de aquel mordisco.

Cuando comentaba la forma en que perdió más de la mitad de su oreja derecha, Juancho Polo casi volvía a experimentar el dolor del mordisco que recibió de El Negro .

El juglar recordaba los minutos angustiosos que duró agachado en medio de la calle, cubriéndose con la mano el lado derecho de la cabeza mientras aparecían las personas que lo llevaron al puesto de salud.

Después le contaron que al verlo abatido en el piso, El Negro se apartó asustado, tomó el acordeón y echó a correr, pero no alcanzó a huir. El instrumento fue recuperado por los amigos del músico, no así el pedazo de oreja. Ese negro como que se la tragó , le contestó en una parranda a su amigo el compositor Alejandro Mercado Barandica, que le preguntó por el pedazo perdido. Polo, sin embargo, nunca entró en detalles sobre los motivos de aquella pelea.

El significado de este hecho radica en que no sólo marcó para siempre la fisonomía del juglar, sino que completó la imagen que los amantes del vallenato recordarán por siempre: un hombrecito arrugado, con un sombrero sabanero tirado a la derecha que ocultara la lesión de la oreja, una camisa de colorines y un acordeón colgado al hombro.

SU LLEGADA A BARRANQUILLA

Con la oreja mocha  lo conocieron en Barranquilla en 1968, cuando su compadre Víctor Moreno, un peluquero cuya afición por el vallenato hacia que acompañara a Juancho Polo en muchas parrandas a lo largo y ancho de la Costa, fue quien lo llevó a Barranquilla para que hiciera sus primeras grabaciones y junto con el compositor atlanticense y promotor de música Isaac Villanueva, lo llevaron casi a la fuerza a los estudios de Discos Tropical.

Isaac Villanueva, fue el encargado de contactar a Juancho con Jorge Fortou, uno de los propietarios de la desaparecida Discos Tropical.

Aquel arribo a Barranquilla representó la llegada del juglar al acetato, primero con Discos Tropical y luego con Producciones Machuca, casas disqueras con las cuales alcanzó a grabar los discos que hoy se le conocen.

Con su llegada a Barranquilla y sus primeras grabaciones, Juancho Polo puso el primer pie en la puerta de la popularidad nacional, pues si bien él era ya la muestra viva de que se puede combinar la inspiración de los grandes poetas con la irresponsabilidad total, las únicas personas que disfrutaban del privilegio de escucharlo eran las que participaban en las fiestas y reuniones que él animaba, pero que no alcanzaban a traspasar las fronteras de la Costa Caribe.

Fuera de estas fronteras, algunos pocos sabían de él como compositor porque sus primeras obras, la mayor parte improvisadas en esas parrandas, habían sido dadas a conocer con el mismo sello Tropical a través de la voz de Alejandro Durán.

Gracias al acompañamiento del peluquero Víctor Moreno, se lograron las grabaciones de cerca de cien temas en acetato de 45 y 78 revoluciones por minuto. 

Desde entonces, el pálido cantautor adoptó, para grabar, el nombre artístico de Juancho Polo Valencia , el que todavía lo acompaña en la eternidad.

Juancho se sentía feliz cada vez que llegaba a Barranquilla y decía entusiasmado que era la ciudad más linda y sabrosa del mundo, principalmente cuando en la Calle 72 o en El Boliche, sus admiradores lo asediaban para escuchar ‘Alicia adorada’ y su lenguaje plagado de epígrafes extraños y muchas veces innecesarios. 

Víctor Moreno, el peluquero que fue su guacharaquero de muchos años y quien murió ciego en el barrio San Isidro, al final de los 90, lo definía muy bien: “Era un tipo jodido, que sólo hacía lo que quería”. 


Víctor también fue el compositor de las siguientes canciones grabadas por Juancho Polo: “Sio, Sio” o “La Gallina de Ramona”, “Angélica María”, entre otras.

EN FUNDACIÓN VIVE Y MUERE

Los últimos años de su vida los vivió en Fundación, atraído por su cultura cosmopolita y por la hojarasca de personas que se habían establecido en esta ciudad, en razón al comercio que el tren dinamizaba. 

Su hijo Sebastián vivía en Fundación y Juancho  se había venido a vivir a su casa. 

Fundación era en ese entonces un lugar a donde todos deseaban vivir, e intercambiar productos cultura y tradiciones. Se había convertido en centro comercial y despensa del Magdalena y Cesar, en ésta ciudad Juancho amenizó muchas parrandas y fue este suelo el destino final de su existencia. 

El ocaso de Valencia se había caracterizado por encrucijadas emocionales generadas por parrandas interminables, sueños en sardineles, abusos y francachelas, que le labraron en su ser huellas imborrables, aspecto físico endeble y deprimente, reputación mancillada por sus continuas trifulcas, y una dependencia alcohólica incontrolable, en la que se refugiaba para encontrar sosiego. 

Todo este desafuero le pasó la cuenta de cobro a la edad de 59 años, y tal como le sucedió a su Alicia, la muerte lo sorprendió “solito”, en un cuartico de invasión al frente de la casa de su hijo Sebastián, en el barrio la Esperanza de Fundación, una madrugada del sábado 
22 de Julio de 1978.


Su Velación
Fundación entera se vistió de luto y el lunes 24 de Julio, en medio de un sepelio multitudinario le dio su adiós a esta figura que hizo tanto por el Folclor Vallenato y que hoy se encuentra olvidado su legado.




SU MUERTE

Los recuerdos y el sentimiento de culpa tras la muerte de Alicia Carrillo, su primera esposa, lo habían convertido en un hombre solitario, que vivía sin saber vivir y que parecía encontrar en el licor y los aplausos de sus seguidores pequeñas dosis de felicidad que se evaporaban con el sopor de los tragos, cuando se hundía borracho en su hamaca. 

La muerte de Juancho, se recibió como una de las tantas anécdotas creada por él. El 16 de Julio estuvo amenizando las fiestas de la Virgen del Carmen en Aracataca, a los pocos días lo sorprende la muerte, como todo el mundo había previsto: en la miseria absoluta, en la soledad, cansado por tanto abuso, al lado de una botella de ron, sin dientes y sin muelas, pero con su sombrero y su acordeón.

Para entonces, Juancho Polo Valencia, el juglar del Vallenato, llevaba más de una década inmerso en una vida azarosa, sin rumbo, suicida, sin ambiciones, pero nunca había hecho lo que hizo esa noche calurosa de julio, después de beber sin desenfreno y de cambiar su talento por licor durante cuatro días consecutivos en las fiestas de Aracataca. 

Chan cuenta que su padre “Llegó cansado como a las diez de la noche del 21 de julio, me llamó, preguntó por mi mamá, pero no fue a verla. Se notaba que quería acostarse porque no quiso comer. Luego me llevó abrazado a su cuarto y me entregó su acordeón más valioso. Me pidió que lo reemplazara en una parranda en casa de la familia Cantillo, en el centro de Fundación, que lo acababan de contratar. 

¡Eso no lo había hecho mi papá nunca!. Me pidió además que apenas llegara, lo llamara para ver cómo me había ido. Cuando llegué lo encontré muerto.


Su sepelio
Para las fiestas patronales de Aracataca de 1978, no había acordeonero o intérprete del vallenato que se atraviese a plantarle tema a Juancho Polo Valencia. Fue la sensación de esas festividades, aunque todos se lamentaban por la forma descontrolada como el apreciado juglar tomaba con desprecio su propia vida en cada sorbo de licor. 

Carmen Carmona la esposa de Sebastian narra: “Sabíamos que estaba en Aracataca por las noticias de la radio. Pero él se había ido una semana antes sin decir a donde iba. Por eso, cuando llegó ese 21 de julio a las diez de la noche, no nos causó impresión, aunque mandó a llamar a Sebastián enseguida”, 

Juancho llegó silencioso, estaba sobrio, pero se le notaba agitado y preocupado. Se instaló en su habitación frente a la casa de su hijo y lo mandó a llamar con uno de sus nietos. 

“Yo estaba leyendo una revista y llegué pronto. Mi papá me miró con un inmenso amor y me entregó su acordeón como jamás lo había hecho. Me dijo ve a la parranda de la familia cantillo y regresa. Me dijo que lo reemplazara, no que lo acompañara; por eso, aunque todos sabían que yo soy Sebastián, el hijo, esa noche, imité su voz y canté sus canciones como sólo él lo sabía hacer”, rememora. Y prosigue: “Esa noche sentí a mi padre en el pecho. Me fue muy, pero muy fácil lograr su tono de voz, parecía muy natural en mí. Cuando ya iban dos tandas, le dije a los asistentes que yo quería presentar mis canciones, pero no me hicieron caso. Me pidieron nuevamente Alicia Adorada, El Duende, El Pájaro carpintero, y así se terminó la parranda”, agrega. 

Sebastián llegó a la casa a las dos de la mañana y se acostó. No quiso molestar a su padre y pensó: “Mejor le cuento mañana que me fue muy bien”, relató. A las cinco en punto de la mañana Carmen Carmona despertó a Juan, uno de sus hijos, y le puso una enorme taza de café tinto caliente en las manos: “Vaya y llévele a su abuelo”, le ordenó. El joven cuenta que llamó varias veces al anciano, pero no recibió la respuesta acostumbrada: “Ya va, ya va”. Preocupado, empujó  la puerta de madera, que estaba asegurada al marco por un lío de alambres entorchados y metió su mano hasta alcanzar la punta de la hamaca, en la que sobresalían los pies de Valencia y la empujó. “Mami, mami, mi abuelo está muerto, porque esa hamaca está muy pesada y él no se mueve ni responde”, le dijo angustiado el joven a su madre. 
Multitudirario sepelio en Fundación

Andrés Pérez, el guacharaquero de Sebastián, escuchó al niño y atravesó corriendo la calle sin pavimentar que separaba la habitación del juglar con la casa de los Polo en esa invasión. “Le pegó una patada a la puerta y la hizo volar. El viejo estaba muerto en su hamaca. Serenito, como si estuviera durmiendo.

Ricardo De León regaló el cajón y fue enterrado en una bóveda prestada a los dos días de su muerte, en medio de una gran multitud.

Pero Juancho ni después de su muerte pudo descansar, fue enterrado en una bóveda prestada en el cementerio San Rafael. A los dos años, el propietario de la bóveda falleció y en la víspera del velorio se hizo urgente sacar los restos del ocupante temporal. Sebastián, su hijo, colocó como pudo los huesos del gran juglar vallenato en un costal de fique y esa misma noche, en medio de un aguacero, los trasladó a la casa de su hermana María, quien para ese entonces vivía en el corregimiento de Santa Rosa de Lima. En ese mismo lugar se encuentra aún sepultado, en una tumba sin lápida ni gloria al lado de su hermana.

En una de sus últimas composiciones, titulada Jesucristo caminando con San Juan (Machuca, 1976), incluyó un verso premonitorio: 

“El día que Juancho muera 
queda su pueblo de luto, 
bajará una nube negra
le llamarán el difunto”.

Hoy, mientras continúan surgiendo nuevas versiones de Alicia adorada, incluyendo una en ritmo de reggae de Carlos Vives, muy pocos cantan la última estrofa que Valencia le agregó en los días de la tragedia y que no es más que una síntesis de todo lo que encarna la pena y el dolor en el vallenato:

Cuando ya el alma se acaba,
se despide de este mundo,
y en aquel hueco profundo, ay hombe,
la vida se vuelve nada!.

SU HERENCIA

Aunque durante muchos años fue reacio a registrar sus canciones en los surcos de los vinilos, Juancho Polo dejó para la posteridad 21 discos de larga duración prensados entre 1971 y 1978 por sellos como Fuentes, Tropical y Machuca. 

Alicia adorada nos ha enseñado de qué intensa manera el vallenato es pena y dolor. Apenas lógico si traemos a cuenta las tres vertientes principales del género, cada una de las cuales tiene su propia manera de sentar sus manifiestos del dolor: el acordeón, de estirpe sajona, con sus pitos que son como alaridos quejumbrosos del alma del fuelle; la guacharaca, que aloja en sus brechas el dolor ancestral del continente amerindio; y la caja, con sus redobles que evocan funerales cantados en los palenques del Caribe. 


Desde luego que en todo el continente de la cuenca es factible hallar el dolor, en claras expresiones como el bolero y la bachata. Pero ninguno tan compenetrado con la tierra, ni tan materializable en la ruina de una tumba, ni tan asociado con personajes de carne y hueso, como el vallenato.

Juancho Polo sentía, por su concepción metafísica, una inmensa admiración por el movimiento y perfecto comportamiento de los ciclos astrales; pensaba y tenía convicción plena de que “Como Dios en la tierra no tiene amigos, como no tiene amigos anda en el aire”, tampoco sabía y quería investigar dónde se escondía un lucero espiritual en el mundo historial, le preocupaba a cada momento “un duende ladrón que lo perseguía” y se imaginaba a “Cristo caminando con San Juan” buscando remedio para los hijos de Adán

Sobre el río Jordán
cosa que nunca se ha visto
Cristo bautizó a San Juan
y San Juan bautizaba a Cristo.


De una visión bíblica, pasa en la misma canción a ponderar al navegante genovés, sin ninguna explicación, ya que aseguraba con pasmosa tranquilidad, cuando se le preguntaba por alguna inconsistencia en sus versos:

“yo no tengo que darle explicaciones a ningún preguntón”.

Cristóbal Colón tenía
figura de un almirante
y fue el primer navegante
que atravesó la Oceanía.

Se sabe que Charles Baudelaire, el poeta maldito, fue amigo de la bohemia y las prostitutas, y que el poeta chiquinquireño Julio Flórez, se batía a décima limpia con Francisco Echeverría Hernández, poeta de Juan de Acosta, acompañados de una botella de Ron Blanco, remontando en sus largas cacerías las colinas escarpadas de Usiacurí, donde hablaban de la muerte y de lo insondable de la naturaleza, esa misma que siempre se impone al ser humano, que al final del cuento no es otra cosa que una “brizna al viento” ante su inmensidad y poder, como lo diría Barba Jacob, bohemio que murió tuberculoso en México y quien tenía la pasión y la amargura como fundamentos de su poesía.

Juancho Polo, también picado por la lírica, caminaba por estos senderos y gustaba de la poesía tanática, que tiene en nuestra región Caribe como máximo representante al olvidado soledeño, Gabriel Escorcia Gravini, creador de ‘La Miseria Humana’. 

Se batió a versos con muchos músicos del Magdalena Grande y pensaba de la vida lo mismo que Escorcia Gravini, cuando enfermo llegaba al cementerio de Soledad acompañado de su guitarra, a dejar plasmado en hermosas décimas, lo insignificante y grotesco de la vanidad humana.

Calavera a quien feliz / Besa la luna de plata / di: ¿Por qué te encuentras tan chata / si era larga tu nariz? / ¿Dónde está la masa gris / de tu cerebro pensante? / ¿Dónde está tu bello semblante / y tu mejilla rosada / que a besos en noche helada / quiso comerse un amante?

Jamás se apoderó de una canción ajena y mucho menos de una melodía. Por eso se ganó el respeto de Pacho Rada, su maestro, de quien se alejó musicalmente para hacer su propio repertorio con notas diferentes. Su estilo para tocar el acordeón llegó a ser único, su nota melancólica, profunda e irremplazable, sus letras siderales y misteriosas muestran el perfil de un genio, a quien poco le interesaba lo común y rutinario. En la canción ‘Mujer de adorado pelo’ nos deja ver su capacidad para el manejo correcto del idioma y la poesía romántica y renovadora, siempre pensando en los astros y los fenómenos naturales:

Mujer de adorado pelo / con tu sonrisa de aurora / dime si el sol te enamora / para bajarlo del cielo / esa palma que retoza / siempre con los anhelos / me tiene lleno de celos / de odio, tristeza y agravios / siempre te besaran mis labios / mujer de adorado pelo.

Juancho Polo, continuando su línea trazada líricamente con ‘Lucero espiritual’, compuso el paseo ‘Más allá del bien y el mal’, un canto al sol, al que habla con profundo respeto y reconoce su grandeza como lo hizo también el poeta Theodore Fretjman, otro enamorado del astro. La canción fue grabada en 1978 bajo el sello Machuca y el juglar, que falleció el 22 de julio del mismo año, no alcanzó a escucharla en el acetato.

Yo estuve en el infinito / Vengo bajando esa loma / Ustedes van muy tristes / Y apenas la van subiendo / Como granizo se vienen desvaneciendo / Vienen frente a mí, vienen buscando mi sombra / No se pongan a tirarle piedrecitas a los rayitos del sol / Ni le miren la cara porque les quita la vista / no pasen esa pena ni sufran ese dolor / No se metan con el viejo sol / Que se van a morir sin pena / Ni se acerquen mucho porque los quema / Ahí mismito, con el resplandor / No se metan con el viejo sol / Ay, no se metan con ese viejo / que conoce el mundo y la sabana / aunque vayan lejos, muy lejos, requete lejos / Él los mira más allá de donde ustedes vayan / Con el sol resplandeciente / Ya no se puede hacer nada / Es el padre de la muerte / Es el as de la sabana / El sol es un viejo bacano / Que lo quiere todo el mundo / Con un haz de luz en la mano / Él no desprecia a ninguno.


A Juancho en definitiva hay que recordarlo por su originalidad y por su talento musical, capaz de crear melodías maravillosas de las que se nutren las nuevas generaciones. Fue un genio y ya se ha dicho con sobrada razón que la genialidad está a un paso de la locura. 

Juancho se fue pero sigue muy cerca de nosotros, alegrándonos el alma con sus canciones sentidas. Seguramente al encontrarse con Alicia Cantillo en el más allá, le repitió la frase que miles de veces le dijo en la tierra a muchos amigos y seguidores:  Esta mujer tiene una dentadura que vale plata




LA FUNDACIÓN JUANCHO POLO VALENCIA

El Profesor Miguel Madrid García, ha creado una Institución llamada: Fundación Bellas Artes Juancho Polo Valencia, con el propósito de ser una escuela de la música Vallenata entre los jóvenes de Fundación y promotora del folclor. A pesar del muy escaso apoyo gubernamental y privado ha dado muchos resultados en la memoria folclórica y cultural de esta ciudad, son muchos los jóvenes que han empezado su carrera artística en esta fundación y otros han desarrollado su espíritu cultural.




Juancho Polo
El Olvidado



Este artículo de el tiempo del año 2008, con ocasión de los 30 años de la partida de Juancho Polo, sigue sin perder vigencia, puesto que ahora nos acercamos a sus 40 años y aún sigue olvidado, ni una buena tumba posee, ni lo han regresado al cementerio de Fundación de donde nunca debió partir.


El compositor Hernán Urbina Joiro dijo una frase que quizás sea la más contundente hoy a propósito de Juancho Polo Valencia: poco a poco la gente se ha ido olvidando de él.

Temas como Lucero espiritual y Marleny , se escuchan como si fueran nuevos, pero en la voz de Diomedes Díaz, y muy pocos, sin embargo, los relacionan con ese hombrecito flaco, de sombrero vueltiao, camisas de colorines y pantalones de terlenka que tocaba por los pueblos de la Costa, muchas veces tan solo a cambio de licor. 

Su muerte fue casi imperceptible. Uno de sus nietos fue a llevarle el café tinto mañanero, y Juancho Polo Valencia no respondió al llamado. Estaba profundamente quieto en la hamaca donde se había echado a dormir luego de tocar, la noche anterior, en las fiestas patronales del vecino municipio de Aracataca. 

Era la mañana del 22 de julio de 1978. Fundación, considerado uno de los pueblos más calientes del departamento del Magdalena, se quedó frío: Juancho Polo Valencia, había muerto. Le faltaban dos meses para cumplir 60 años de edad. Pero nació la leyenda. Su cara arrugada y pálida, el sombrero echado hacia la derecha para ocultar la oreja incompleta, y el acordeón colgado al hombro, se convirtieron en un ícono de la expresión pura del vallenato.

Su nombre real era Juan Manuel Polo Cervantes. Nació el 18 de septiembre de 1918 en Caimán, corregimiento del Cerro de San Antonio (Magdalena). Sin embargo, por una costumbre entre amigos de la época, fue apodado 'Valencia' por ser el apellido de un poeta nacional y en vinculación con las virtudes del joven Juan para declamar poesía. De manera que adoptó el "Valencia" como segundo apellido en su nombre artístico, y así se le recuerda. "Juancho Polo Valencia, no tiene dientes ni tiene muelas, no tuvo grado de escuela pero al cantar es la ciencia" , decía Pastor López en los 70. Y esa era la imagen que se tenía de este juglar, a lo que se sumaron el desorden, las parrandas eternas y las amanecidas en los sardineles, donde era frecuente encontrarlo sucio y borracho. 

La más famosa canción suya es, sin discusión alguna, Alicia Adorada, un lamento de reclamo a Dios por la muerte de su primera esposa, Alicia Cantillo, muerta de parto en el corregimiento de Flores de María, donde se había establecido con ella. Compuso la canción sobre la tumba de la mujer, y aunque muy poco la cantaba en parrandas porque se iba en llanto, alcanzó a llegar a oídos de Alejandro Durán, quien la interpretó en 1968 cuando se coronó Rey Vallenato en Valledupar.

En la producción de Juancho Polo Valencia se destacan Sí, sí, sí; El Paseo de Concordia, Lucero espiritual (para muchos, la más filosófica de todas), La muerte de Alfredo Gutiérrez, Niña Mane, El pájaro carpintero, el provincianito, La muerte es la que puede, y varias otras grabadas no sólo con su propia voz, sino por los artistas más destacados de la música vallenata. Las canciones originales que se conservan con su voz existen menos por su iniciativa y más por insistencia de sus propios amigos, como el promotor Isaac Villanueva (quien prácticamente lo llevaba a la fuerza a los estudios de Discos Tropical en Barranquilla), y su compadre Víctor Moreno. 

El primero es autor de varios de los temas que aún se escuchan en voz de Juancho Polo como La Prima, Vení, vení, y El sombrerito . Moreno compuso Angélica María y l Shió, shió, entre otras. Esta última es otra de las que grabó Diomedes Díaz en 1992. Por testimonios de sus familiares más cercanos, se sabe que la canción Jesucristo con San Juan es una interpretación muy suya del pasaje del bautizo divino. Incluso, alguna vez se le escuchó decir que Lucero espiritual era el Dios que él entendía en la Biblia. 

Su hijo Sebastián dirige un conjunto que se llama 'Los herederos de Juancho Polo', con el que toca por pueblos y en fiestas familiares. Su voz es idéntica a la del juglar y es quien se ha preocupado porque la música de su padre siga viva, pero sus intenciones de grabar no han pasado de allí por diversas razones. 

En Fundación Magdalena, donde Juancho Polo fue sepultado dos días después de su deceso, no se recuerda un cortejo fúnebre más multitudinario. Sus restos fueron trasladados, dos años después, a Santa Rosa de Lima, corregimiento a pocos minutos de allí, y donde Juancho Polo pasó parte de su juventud con su hermana María. 

Pero han pasado 30 años de aquella muerte, son otros tiempos y nadie parece recordar al juglar. 

La organización del Festival Vallenato, cuya historia está muy vinculada con Valencia así éste nunca lo haya ganado, no tiene previsto ningún evento especial. 

En las emisoras especializadas en la música del Cesar tampoco se tenía nada programado hasta ayer. Agustín Bustamante, quien realizó en los 90 una investigación minuciosa sobre la vida de Juancho Polo Valencia dice hoy, con algo de tristeza, que esta ausencia de homenajes pone en evidencia, una vez más, la necesidad de rescatar la verdadera dimensión del juglar. 

El filósofo Numas Armando Gil, quien se ha preocupado por descifrar los contenidos del folclor costeño, lo dijo hace unos años: ya vendrán las épocas en que a Juancho Polo Valencia lo recuerden como se merece, como un auténtico poeta de la metafísica.


JAVIER FRANCO ALTAMAR
El tiempo. Julio 22 del 2008.



REGISTROS GRÁGICOS








ENTREVISTAS


Investigación de 
Ernesto McCausland





JOSÉ BLANCOEl Cajero de Juancho. 
Aún vive en Caíman. 104 años de edad en el 2016.




Ver también: HISTORIA DE LUCERO ESPIRITUAL




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5 comentarios:

  1. Juancho polo no nacio en concordia magdalena, ese personaje nacio en Candelaria magdalena conocido como caiman el cual es tambien coregimiento de Cerro San antonio magdalena y en ese pueblecito de donde es mi mama esta la estatua de ese grande.

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  2. Excelente el articulo de Munoz.

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  3. el cuaderno lo tiene un sobrino de el, que vive en el barrio el porvenir de fundacion

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  4. y es cierto, tenia una caligrafia envidiable, no era para nada analfabeta.

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  5. No era Edgardo de león, sino Ricardo De León, quien le regalo el cajón.

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