miércoles, 6 de noviembre de 2013

LA CASA DEL DIABLO DE CIÉNAGA

Una leyenda de nuestra cultura Macondina






Por: Edgar Caballero Elías|
Esta es la historia de la Casa del diablo, en Ciénaga, una ciudad que vivió la bonanza y la tragedia de la United Fruit Company. En ella se encuentra una edificación que a pesar de estar en ruinas conserva su encanto. Su construcción inició en 1916 por iniciativa de don Manuel Varela, hombre de negocios cuya prosperidad es atribuida, según la leyenda, a un pacto con el diablo. Esta mansión se conserva en pie a pesar del deterioro, es de estilo republicano, de dos plantas, de fachada blanca y 14 columnas romanas coronadas por un frontón con formas de cítara.

Cuentan en Ciénaga que "Don Manuel" cada año sacrificaba a un trabajador de su plantación bananera a satanás como pago por la prosperidad concedida, y así surgió el mito que en parte es el responsable de que su residencia, originalmente llamada Mansión Manuelita, esté hoy en ruinas.
Sus puertas y ventanas están tapiadas, el blanco de su fachada tomó un color amarillento y la vegetación tropical que devora su interior se desliza por los tableros calados hacia afuera, o se escurre desde el techo hacia el frente, por donde todavía algunos pasan con recelo.
Don Manuel era oriundo del municipio de Pivijay, departamento del Magdalena, llegó a Ciénaga procedente de Sabanalarga, Atlántico, donde vivía con su primera esposa, y fijó su residencia aquí dedicándose al negocio del banano en pleno auge y bonanza de su comercio en el exterior. Así tuvo sus fincas en la región de Varela, hoy corregimiento del municipio Zona Bananera.
Siendo ya un hombre próspero y adinerado, su visión lo llevó a construir un ramal ferroviario, que aún existe, que conectaba su finca a la línea principal, que le facilitó transportar la fruta los días de corte hasta la estación del ferrocarril de ese corregimiento. Llegó, inclusive, hasta importar unas pequeñas locomotoras de los Estados Unidos para sacar el banano de su finca.

Era común anteriormente en la gente de los pueblos, la mal fundada  creencia de que los personajes que se destacaban por enriquecerse progresivamente y amasar grandes fortunas podían lograrlo teniendo pacto con el diablo, quien, a cambio de dinero, debían entregarle un  alma de alguna persona. Era frecuente entonces escuchar a la gente decir que don fulano aumentaba su riqueza gracias a ese acuerdo con “don sata”.

Don Manuel Varela Machado y su hija Alba Ester
Los cienagueros de antaño, grandes difusores de nuestro diario acontecer y mejores todavía para fabular e inventar vainas, empezaron a decir que el próspero de don Manuel, que en Ciénaga ya empezaba a causar temor a los pobladores por la supuesta alianza que mantenía con el diablo, misteriosamente se le desaparecía un trabajador de su finca o le aparecía ahogado alguno de ellos en ella. Y ocurrieron, efectivamente, por esas circunstancias que no pueden preverse ni evitarse ignorándose su causa, un par de veces. Así, muchas aseguraban el hecho que entre el señor Varela y el temible “Man del Trinche” había una componenda que se pagaba en especies.
De aquella escalada de éxitos y logros del señor Varela y todo lo que él hacía para mejorar y acrecentar sus bienes y riquezas que supo capitalizar con el auge del banano, surgieron comentarios sobre ayudas “extrañas” y “misteriosas” que recibía Don Manuel, mediante supuestos arreglos que había hecho con el diablo, lo cual obligaba entregar anualmente un obrero de su finca.
Para mayor alarma y sospechas contra Varela Machado, en uno de los canales de riego de  su finca, “desaparecieron” sin rastro alguno como si se los hubiera llevado el mismísimo diablo, dos de sus trabajadores mientras se bañaban. Después se supo que solo se encontraron algunas de sus pertenencias que llevaban puestas.
Así mismo ocurrió con otro trabajador de apellido Munive, porque los “testigos” son también veraz hasta con los nombres de las personas, cuando un “mirón, testigo de excepción”, se dio cuenta que en el sitio más hondo de la quebrada donde se bañaba el trabajador, se presentó, sorpresivamente, un remolino de agua que lo desapareció de su vista. Poco después el pobre Cristiano “apareció muerto” y enredado entre alambres y bejucos, en uno de los canales de riego de la finca.
Un hecho que contribuyó a estos decires y habladurías relacionados con don Manuel y el Rey del infierno, fue la muerte de un estudiante del Instituto San Juan del Córdoba, ocurrida el 9 de agosto de 1959, en terrenos, precisamente, que habían sido donado por el señor Varela a dicha institución educativa.
Mucha gente aún desconoce cómo empezó realmente aquella historia que estuvo siempre rodeada de misterios y especulaciones y que nada tiene que ver con diablos, ni con brujas, ni con nada de estas vainas tampoco. Aquello surge de un cuento lugareño repetido por unos y otros en distintas formas, y se origina a raíz de los continuados robos en su finca cuando loa amigos de lo ajeno, que siempre  aprovechan sus necesidades para zacear sus deseos entraban y salían de su propiedad en la soledad de la noche para cometer sus fechorías.
Los días iban y venían y don Manuel, persona que  no  molestaba y se metía con nadie, se había dado cuenta la magnitud de los daños, pacientemente sabía que todo era cosa de tiempo y de espera, y como en la vida en sus sorpresas le reserva a uno también la oportunidad del desquite haciéndole “el milagro esperado”, puso a los celadores con la misión especial de recorrer la finca a caballo colocándole unos sonajeros y cascabeles colgados del cuello y de la cola del animal que sonaban a lo lejos despidiendo rayos de luz que se reflejaban chispeantes como gotas de lluvia menuda que acompañaban con voces de ultratumba y lamentos escalofriantes producidos en la oscuridad de la noche, haciéndoles creer que en realidad eran espantos o espíritus que deambulaban solitarios por la finca del señor Varela.
Lo puso en práctica un par de veces y el cuento se regó con la velocidad de un rayo y como buenos fabulistas que siempre hemos sido, empezaron a decir que en esa finca ocurrían cosas extrañas y todo se lo atribuían a que allí salía el diablo, y como “no es lo mismo llamar el diablo que verlo llegar”, todos salieron despavoridos de allí, se esfumaron, raudos como el viento o alma que lleva el diablo y se vieron acosados por una ráfaga de imágenes en sus pensamientos descontrolados, que nunca más regresaron donde el señor Varela.


Parte interna de la casa
Aquellos comentarios, entonces, fueron conformando todo este relato popular adornado literariamente con visos sobrenaturales por la aparición de situaciones imaginarias para destacarlo como un hecho importante  en la vida de un pueblo y empezaron a hacer carrera en el imaginario cienaguero sobre las actividades de don Manuel, hombre prestante de nuestro medio.
Su casa en Ciénaga, de estilo republicano y bautizada con el nombre “Manuelita”, cuya construcción se inició en 1916 con planos traídos de la ciudad de Nueva York por él mismo y terminada 4 años después, según información  que nos suministrara su hija Alba Esther Varela Capdevilla, está ubicada en la esquina de la antigua calle Valledupar con el callejón Bucaramanga, actual calle 15 carrera 13.
La parte delantera de la casa es de una planta y de dos en su parte trasera con un amplio y acogedor patio central donde departían amigos y allegados a la familia. Al frente de la edificación, en la parte superior y sobre su portal, hay una  figura en cemento que simula una cítara un instrumento músico de cuerdas usado en la antigüedad y un conjunto de detalles arquitectónicos como columnas, balcones, cenefas y aplicaciones que aún se pueden apreciar en esta casa, hoy prácticamente en ruinas y total abandono. Los maestros Mauricio Maldonado y Hernesto Bernal Bonilla, tuvieron a su cargo dicha obra, concluida y entregada en 1920.
En dicha casa funcionó por primera vez el “Instituto Virginia Gómez”, nombre escogido como homenaje y reconocimiento a la primera educadora que llegó a Ciénaga procedente de Santa Marta con título de institutora y pianista, siendo su primera rectora Lola Cecilia Fernández de Castro Morán, sucedida en el cargo por doña Carolina Lomanto.


En una leyenda de espanto se ha convertido la antigua casa de don Manuel Varela Machado

Después de muerto el señor Varela, la presencia del diablo seguía persistiendo en la cabeza de los cienagueros. Decían que en su casa desocupada se “oían” ruidos sobrenaturales, extraños, otros “veían” un perro negro y grande de ojos enrojecido que se asomaba en la azotea de la casa echando humo por los ojos, y así, sucesivamente, cada quien agregaba a su antojo un pedazo más a aquella ficción fabulosa que dan fe del poder imaginativo de los habitantes de este pueblo macondiano, y empezaron a llamarla “La Casa del Diablo”. Decían, inclusive, como si no fuera ya suficiente con todo lo anterior, que a ciertas horas de la noche “salían penetrantes olores a azufre de la casa”, lo que también hizo que a su propietario lo llamaran “el diablo Varela”.
Mitos y leyendas, llenas de fantasías e inventivas fabulosas que tejieron la imaginación popular de Ciénaga y que hoy ya hacen parte de una historia que seguramente seguirá perdurando por muchos “testigos y relatos”, que enmarcó la vida del señor Manuel Varela Machado.
El día de su fallecimiento cuando caminaban al Cementerio San Miguel y era sepultado don Manuel en medio de comentarios y suposiciones, de conjeturas y presunciones y de opiniones infundadas y creencia gratuitas de las gentes, fue cuando él descansó para siempre.
El día 21 de Noviembre de 1967 se apagó su existencia y empezó para él la noche eterna: “El diablo” se había ido para el cielo y entregada su alma al Supremo Creador, subió tranquilo para siempre quedarse con Él y en el recuerdo perenne de los cienagueros. Tenía 97 años cuando una trombosis cerebral puso fin a su vida.


"Todo no pasa de especulación, de leyendas, mitos", afirma escéptico a Efe Reinaldo Russo, que vive en frente de la "Casa del Diablo", pero una vecina suya, Miriam Pérez Briceño, de 77 años, asegura que cuando era joven a un enamorado suyo se le apareció el maligno en la esquina de la casa, "bailando agachado" delante de él cuando regresaba de una parranda.
Russo afirma que Varela no podía ser tan desalmado si donó los terrenos donde fue construido el Colegio San Juan del Córdoba, aunque el imaginario popular atribuye al supuesto pacto con el diablo la muerte de un estudiante de ese centro educativo en 1959, ocho años antes del fallecimiento del benefactor.

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