lunes, 11 de noviembre de 2013

MIRIAN ESCORCIA DE PALLARES


Los trece apóstoles del Algarrobo

Crónica escrita por: Carlos Mauricio Vega

Miriam con su madre, hijas
y Monseñor Jorge Escorcia, su hermano


En una zona del Bajo Magdalena donde campeaba la violencia, una maestra y su grupo de colegas lograron en diez años transformar el caos en orden y crear en su colegio de 900 alumnos un modelo de convivencia, resolución pacífica
de conflictos y amor por la región.

¿El secreto? La búsqueda de las raíces de una comunidad tradicionalmente desgarrada, y la aplicación de un modelo de excelencia académica basada en la recuperación del amor propio a través de la disciplina, la constancia y la búsqueda de calidad. Su éxito ha influido la vida de las familias y ha transformado al municipio mismo La bala pudo haber venido de cualquier parte. De un estudiante resentido, de algún frente guerrillero intolerante, de un paramilitar extraviado. Ciertos terratenientes creían que el colegio era semillero de subversión.

Y algunos alumnos y uno que otro profesor creían que el rector era demasiado intransigente y autoritario.

El 18 de agosto de 1989, el mismo día en que mataron a Galán, fue asesinado en la puerta de su casa en Algarrobo, Magdalena, el profesor Gilberto Santana. En medio de la ola de violencia que envolvía a la región en esa época, su muerte habría podido pasar inadvertida. No se trataba, sin embargo, de un profesor cualquiera:

Era el rector del colegio más importante de la zona. Pero es que no era una institución fácil. En los años 80, el Colegio Departamental Rafael Nuñez de Algarrobo era foco de conflicto: un microcosmos de lo que sucedía en la región y en el país. Los alumnos negociaban las notas con los docentes a punta de puñal; los candados de las aulas amanecían untados de excremento para que no hubiera clase; los alumnos asistían cuando les daba la gana y lucían desaliñados e indiferentes. Era el reino de los caratapadas, delincuentes juveniles que terminaron muertos muy jóvenes. Ninguno de ellos le veía utilidad a terminar el bachillerato porque sus padres los presionaban para que comenzaran a trabajar, o para que emigraran definitivamente de la zona. El gremio de profesores le huía al colegio, y los agroindustriales de la zona lo aborrecían. 

Con la muerte de Santana vino el caos. Durante cuatro años no hubo rector ni profesorado estable. La salida obvia era clausurar el colegio. Llegó entonces uno de esos momentos decisivos en la vida de las instituciones y de las personas.

Poco antes de hacer efectivo el cierre del colegio, la secretaría de Educación del Magdalena decidió darle una última oportunidad ofreciéndole la rectoría a una maestra de Fundación que colaboraba en la administración de un colegio de monjas desde hacía veinte años: aparentemente la persona más inadecuada para hacerle frente a semejante caos, pero con dos notas a favor: un currículum académico impresionante y las más altas recomendaciones por su calidad humana.

Hasta ese día de 1994 en el que le ofrecieron la rectoría, para Miriam Escorcia de Pallares el nombre de Algarrobo no era sino la referencia de un pueblo situado a una hora en bus hacia el sur de su natal Fundación. Pero su marido, un experto en titulación de tierras del Incora que conoce palmo a palmo la antigua zona bananera desde el fondo de la Ciénaga hasta El Copey, sabía que ella podía quedar, como había quedado Santana, atrapada y visible en medio de la lucha territorial que mantenían en esa región los paramilitares y las Farc.

–No aceptes– le dijo, sin mucha convicción, a sabiendas de que nada podía encender más la mística de su mujer que un reto como aquel. Era como si Miriam hubiera pasado toda su vida, sin saberlo, preparándose para sacar aquel colegio del fondo de la cloaca y convertirlo en una institución pionera. Un colegio donde los mayores valores son el respeto por el otro, la escucha, la tolerancia y la negociación.

¿Cómo lo hizo?

Miriam no creció en la abundancia. Su padre trabajaba como matarife en Fundación y la mandó a estudiar en el colegio de La Sagrada Familia de las monjas terciarias, un edificio alto y lóbrego contiguo a la plaza y a la catedral. Allí habría de pasar casi treinta años de su vida, primero como alumna, y luego como profesora y administradora. Para ayudar a pagarse sus estudios, comenzó a trabajar desde muy temprano en la contabilidad del colegio y mecanografiando todas las cartas. 


Miriam con su esposo, hijas y nietos


Al graduarse del colegio se convirtió en su secretaria, y andando el tiempo, en mano derecha de las monjas. Ya casada y con hijos, decidió romper la camisa de fuerza del empirismo: se graduó como normalista, estudiando en la sede de Fundación de la Universidad de San Buenaventura, y más tarde emprendió un posgrado en administración educativa que tenía lugar los domingos en la Universidad del Magdalena. El proceso comenzó a sus 25 años y terminó casi a los 45. 

En el entretanto Miriam sacó adelante cuatro hijos, su casa y su matrimonio.
Para poder estudiar, trabajar y ser mamá en medio de la pobreza, desde muy temprano negoció con su marido y sus hijos mayores el reparto de las tareas hogareñas. En esta casa costeña hubo que bajarse de las tradiciones  machistas de la región, y los hombres tuvieron que lavar ropas, planchar, cocinar y lavar los pañales.

Conciliación, negociación, disciplina, respeto por el otro, aceptación de las diferencias, humildad y apertura de mentes para hacer las tareas más prosaicas al lado de las más elevadas: ese ha sido el ejercicio de la familia Pallares Escorcia a lo largo de cuarenta años. 


La disciplina de Miriam era férrea. Para alcanzar sus grados sin perder su empleo, dormía sólo cuatro horas. Aún lo hace. Luego de ocho horas de trabajo, estudiaba de seis a nueve de la noche. Sagradamente, reservaba
para la lectura de las diez a las doce. Entre doce y cuatro de la mañana, dormía, como hoy lo hace. Y a las cuatro se levanta, para cumplir con su parte de las tareas del hogar y poder coger, a las cinco de la mañana, el primer bus que la lleve hasta Algarrobo.

Cuando aceptó la rectoría Miriam ignoraba (tal vez aún no lo sabe), que ese esquema de vida, trasladado a la vida cotidiana del colegio departamental de Algarrobo, lo sacaría de la agonía hacia la resurrección.

Los secretos de Miriam Para lograr paz, convivencia y excelencia académica en el colegio de Algarrobo Miriam aplicó varias fórmulas secretas: la primera, que ni ella misma conoce: trasladarle su personalidad, mezcla de tolerancia y rigor, al colegio.

La segunda, motivar al profesorado de manera que se vuelva estable y eficiente en términos de formación integral de los alumnos.

La tercera, transmitir a la comunidad los logros de convivencia y paz del colegio, a través de las familias de los alumnos.

La cuarta, proveerle un arraigo a esas familias de la región, dándoles una historia, su propia historia: la historia de Algarrobo y de sus raíces.

Y la quinta, a partir de las anteriores, obtener apoyo académico de entidades como el Convenio Andrés Bello y apoyo económico de los agroindustriales de la palma y del banano, y hasta de los empresarios férreos y mineros que cruzan por la entrada de Algarrobo con su tren carbonero.

El bachillerato en el colegio de Algarrobo se ha dividido en agropecuario y comercial. A la entrada de las sencillas instalaciones del colegio, donde uno no entiende cómo pueden caber 900 alumnos en tres jornadas, lo primero que ve es un tractor donado por la Comunidad Europea para que los alumnos aprendan a trabajar las sementeras del colegio. Detrás de las aulas hay un estanque de cría de peces limpiado y trabajado por los alumnos. Más allá, detrás de una nueva batería de baños, una marranera aséptica y ejemplar, y un huerto en donde lánguidamente lucha contra una infancia difícil un arbolito escuálido: el único algarrobo que queda en Algarrobo, sembrado por Miriam Escorcia y por sus sucesores, el profesor Vizcaíno, el profesor Obdúber y el profesor Altamar. 

El PEI del colegio pretende darle un sentido vocacional al bachillerato: darle
un futuro en su tierra al muchacho que se gradúa. Y también una posibilidad real de que llegue a la universidad. 

Miriam Escorcia está tratando de demostrar que no se necesita ser rico para alcanzar una oportunidad universitaria en la vida. Su lema es “vamos a ganarle la guerra a la guerra”. Lo dice con fuerza, y luego, sonriendo, agrega: “el que vive sueña, el que sueña vive”.

Siguiendo el marco de la Ley General de Educación el colegio celebra de manera acuciosa las elecciones para escoger personeros y representantes al consejo escolar. Estas elecciones son eventos solemnes, de los cuales se levantan actas rigurosísimas. 

El respeto por los valores democráticos comienza aquí. Además los representantes de cada curso al Consejo organizan los comités de negociación de conflictos. Se trata de crear un espacio de mediación y diálogo para plantear y dirimir allí cualquier diferencia que haya entre alumnos o entre alumnos y profesores, o entre los mismos profesores.

Ellos hablan En el amplio salón de la biblioteca asisto a una reunión del Consejo Estudiantil preparada especialmente para mí. Observo la variedad étnica de este colegio, donde está lo más hermoso de aquello que Orlando Fals Borda, parafraseando a Vasconcelos, llamó “la raza cósmica”: un mestizaje extremo de negro, indio, español, ario y turco que da todas las tonalidades posibles de piel, de ojos, de pelo, mezcladas con sonrisas y caras de optimismo y confianza.

Me habla Liz Mineyi Novoa, vivaz muchachita de unos trece años, de ojos negrísimos y enormes, como los de la actriz en cuyo honor fue bautizada. Y me habla Selena Montenegro, representante del consejo estudiantil ante los profesores. Y me habla Rosaura Rebolledo, una muchacha alta y canela de inteligencia luminosa, que domina el tema de la tolerancia y de la escucha del otro, de la convivencia con las diferencias, de la coexistencia entre contradicciones, de la productividad de las antítesis. Me hablan de conservación ambiental, de recuperación del bosque, del cuidado de las fuentes de agua, de quedarse en el municipio trabajando como ingeniero de sistemas, como contabilista, como técnico en piscicultura. 

Carlos Donado me habla de que quiere quedarse como artista plástico. Semanas después, en El Carito, un pueblo cercano a Lorica, Córdoba, conoceré a Alfredo Rodríguez, artista monteriano que tras sus años de formación se fue
a vivir con su esposa allá y hace murales y esculturas y maneja la Casa de la Cultura en donde se recuperan las tradiciones zenúes. Y comprendo entonces
cuál puede ser el papel de Carlos como artista en un pueblo como Algarrobo.

También me habla Nerlys Mozo, una pelirroja blanca, como sus ancestros santandereanos, pero con los ojos rasgados y los pómulos caribes de la gente de las ciénagas. Me habla de discriminación racial: de prejuicios de gente de pieles distintas entre muchachitos de menos de quince años. Y de cómo resolverlos. Y de cómo vigilar a los profesores para que no lleguen tarde o se
salten parte de los programas. Me hablan de respeto, de solidaridad, de autoestima. De responsabilidad sexual, de goce, de igualdad de género, de compañía en la aventura de la vida.

Pero las vidas de algunos no son tan felices ni tan equilibradas como aparentan. En muchos casos las familias están desgarradas, los padres separados o no se ocupan de sus muchachos. Muchos viven donde parientes o amigos que se convierten en sus acudientes. 

Contrasta el hecho de que los muchachos muestren paz, equilibrio y búsqueda de metas claras con el caos que en algunos casos aparece en su vida. El colegio tiene un muestreo amplio del origen social de sus alumnos, desde hijos de comerciantes o empresarios del pueblo, como el caso del hijo del alcalde, que a la vez maneja una pequeña compañía de buses, hasta hijos de gente muy humilde, que a veces no tiene cómo mandar a los niños desayunados al colegio. Para ellos Miriam Escorcia ha instituido un programa de café con leche y bollitos hacia las nueve de la mañana, sacando los recursos de donde no los hay para que no se desmayen en la clase de las diez de la mañana.

Me hablan de comités de pintura, de coros, de obras de teatro en donde la comunidad ve reflejada su diaria realidad a través del arte. Y del Foro Feria, un espacio para la exposición de todo el trabajo científico y artístico del año, donde cada curso y cada grupo muestra sus proyectos. Y de escuelas de paz para la región: la idea es exportar  el modelo de negociación de conflictos a través del diálogo a colegios de municipios vecinos con problemáticas similares. De desvalorizar la violencia como una opción.

Más tarde hablo con algunos padres de familia. El colegio les ha organizado una Escuela de Padres que funciona algunas tardes de la semana. Me cuentan
que el modelo de valores del colegio definitivamente ha influido en la vida de las familias del pueblo. Hay menos violencia intrafamiliar, más conciliación, más conciencia del valor de las relaciones, menos represión, y un respeto por la educación como una meta mayúscula. En una clase social donde anteriormente no se planteaba siquiera la posibilidad de seguir estudios superiores, se discute la manera de alcanzar la universidad como algo difícil, pero posible. 

Desde luego, no todo es color de rosa. El modelo de hombre que tiene varios hogares, o hijos con varias mujeres, que a su vez lo buscan como macho proveedor, sigue siendo común, pero hay conciencia de sus poco convenientes efectos. Algunos padres recuerdan la época de caos de los años 90 y sostienen firmemente que los comportamientos promiscuos o violentos de los alumnos de entonces, su falta de compromiso con su propio futuro y con el del pueblo y la región provenían de modelos familiares. Me cuentan un ejemplo, el de un padre de familia que se oponía a un noviazgo de su hija y llegó al extremo de prohibirle ir al colegio y quemarle el uniforme. La muchacha terminó viviendo con una tía y el papá se vio obligado, seis meses después, a comparecer ante Miriam Escorcia para disculparse por su conducta.

El colegio ha creado un efecto inverso a ese fenómeno; ha hecho que la violencia haya perdido toda su aura de poder y su falso prestigio y se haya convertido en una nota negativa para todo el que la ejerce. Por fuera del colegio, en las polvorientas calles de Algarrobo encuentro algunos exalumnos 
de la época del asesinato de Santana y los años que le siguieron. 

Me habla Roy David Díaz, un muchacho que fue muy agresivo a los trece años y estuvo a punto de ser expulsado. Hoy día trabaja como comerciante y ayuda al colegio en algunas labores. Recuerda la época en que el pueblo sufrió la plaga de los caratapadas, enmascarados que hacían toda clase de fechorías, desde robarse una fotocopiadora hasta golpear a alguien por cuenta de otro. Evoca la época oscura en que la juventud del colegio vivía un ambiente de agresividad en donde el poder se ganaba por la violencia y se conservaba por la ley del silencio. “Los caratapadas”, dice, “le hicieron mucho daño a este pueblo”. Sin embargo, la vida misma se encargó de decantarlos. “Uno sabía quienes eran: eran los más violentos. Pero muchos de ellos ya no están”.

Le pregunto qué quiere decir, y me dice que están muertos. Muchos siguieron el camino de las armas: se metieron al paramilitarismo o a la delincuencia común, o a la guerrilla. A los más revoltosos las mismas autodefensas los mataron. Me cuentan que hasta hace no mucho tiempo se vivieron algunas noches negras en Algarrobo, cuando grupos de paramilitares sacaron gente de sus casas para ejecutarla. Afortunadamente esas noches no volvieron. Ahora las energías negativas se canalizan de otra manera. 

Me cuentan de Deilis Vizcaíno, un muchacho revoltoso y difícil, un genio para el fútbol. La rectora lo encontró comerciando con unos naipes pornográficos. En vez de sancionarlo, Miriam Escorcia le pidió el favor de que se pusiera a estudiar sobre la sexualidad humana y diera unas conferencias de educación sexual en los cursos inferiores usando el naipe como ayuda pedagógica. Perplejo, el muchacho obedeció, y dictó las conferencias.

A partir de entonces cambió: se volvió reflexivo y anduvo ensimismado un tiempo. Finalmente se dedicó al deporte. Hoy está en las divisiones inferiores del Unión Magdalena y todos sus excompañeros esperan verlo debutar en el fútbol profesional.

Los maestros de Algarrobo, sólo visitan sus hogares los fines de semana porque están a tres y más horas de distancia del colegio. 





Miriam es hija de Fortunato Escorcia (fallecido) Y Rosario Angarita de Escorcia.
Es hermana de Monseñor Jorge, de Elisa, Nancy y Jairo.

Fruto de su matrimonio con Mauricio Pallares son sus hijos: Mauricio Rafael, Miriam y Angelica, quienes le han seguido sus pasos en la docencia.

Hoy labora como coordinadora en una institución educativa en Fundación



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