jueves, 26 de noviembre de 2015

LA MARIHUANA SOLO TRAJO TRAGEDIA AL MAGDALENA




El negocio de la producción de marihuana se tomó La Guajira y la Sierra Nevada de Santa Marta en los años 70s. La zona es ideal para el cultivo por su clima y por su ubicación, en medio de un espeso bosque y cerca al mar. México disminuyó su producción de marihuana y EE. UU. aumentó su consumo, lo que le abrió el mercado a la "bonanza marimbera".

La producción de 'yerba' en la Sierra Nevada data de 1955, pero sólo desde 1974 se conoce la magnitud del negocio. Se calcula que en 1978 había 19.000 hectáreas cultivadas en la zona, las cuales produjeron 9.500 toneladas de droga.
La 'cannabis' sale del país en barcos o en aviones que despegan en pistas clandestinas cerca de los cultivos. Y buena parte del dinero entra al país a través del la cuenta de servicios del Banco de la República, que comenzó a ser conocida como la "ventanilla siniestra", porque compraba dólares sin hacer preguntas. Se estima que en 1977, cerca de 722 millones de dólares entraron a Colombia por esa vía.
Las ganancias de los traficantes se convirtieron en el combustible de la llamada "economía subterránea", que aumentó la cantidad de dinero disponible en el mercado e incrementó la inflación en un 6 por ciento.
El presidente Julio César Turbay ordenó la fumigación de los cultivos con Paraquat, un poderoso herbicida. También puso en marcha, en noviembre de 1978, la Operación Fulminante. En ella, 10.000 soldados emprendieron una guerra contra los productores de 'marimba'. En 1979 se reportó el decomiso de 3.500 toneladas de marihuana y la destrucción de más de 10.000 hectáreas de cultivos.

Pero el operativo también trajo el aumento de la violencia de parte de los grandes 'marimberos' y el hambre y la miseria de cerca de 18.500 familias que vivían del cultivo a pequeña escala. Además, los precios internacionales comenzaron a caer y en EE. UU. aparecieron variedades más potentes de 'yerba'. La rentabilidad cayó.
LA BONANZA MARIMBERA
La marimbera fue la única de las tantas bonanzas que ha tenido La Guajira y el Magdalena, donde sectores populares como el campesinado se beneficiaron verdaderamente. Los campesinos marimberos con más poder económico que aquella sociedad citadina que la tuvo marginada por años, y los veían apenas como sembradores de yuca, se interesaron en visibilizarse, y a su manera.
Se faltaría a la verdad si se incluyera a todos los que estuvieron en el negocio, en esa inundación de excesos, extravagancias y disparates de la época. Hubo marimberos tranquilos, respetuosos de los demás, hombres caseros y mesurados. Otros dieron rienda suelta a su imaginación y vivieron fantasías, y hubo quienes parecieron instrumentos del demonio.
El volcán de dólares sirvió para amplificar a niveles extraordinarios viejas tradiciones como las riñas de gallos; satisfacer gustos personales de manera exagerada como las gigantescas parrandas, y cumplir sueños juveniles como presenciar la final de un mundial de fútbol. El tener la posibilidad de poseer todo lo que se sueña llevó a una locura colectiva que involucró hasta a la autoridad de entonces.
Generosos, y en efectivo. 

En la primera etapa de la bonanza, decenas de agentes de la Policía salieron de pobres durante su servicio en La Guajira, y no pocos oficiales se hicieron millonarios. Las anécdotas son interminables. Un exmarimbero narró que en una ocasión fue tan jugoso el pago a cuatro policías, y quedaron tan contentos, que ayudaron a cargar la marihuana en el camión, y luego hicieron el viaje en la parte de atrás hasta las afueras de Manaure, para garantizar que no los molestaran. En varias ocasiones los propios vehículos oficiales de la Policía sirvieron para iluminar las pistas clandestinas en la Alta Guajira.
La tradición oral dice que las relaciones entre policías y marimberos fueron tan fraternales en cierto tiempo, que ambos grupos celebraron juntos el Día Nacional de la Policía, un 5 de noviembre de la década del setenta. Famosos conjuntos vallenatos animaron la ceremonia-parranda y manantiales de Old Parr refrescaron a los presentes.
El dinero de la yerba dio para todo. Los mayoristas hicieron importantes contribuciones para mejoras de la Catedral de Riohacha. En esos años, cuando una gobernadora del Departamento dilató las transferencias a la Universidad de La Guajira porque, según ella, era más económico enviar los pocos estudiantes a la Sorbona de París que tener institución propia, varios estudiantes hicieron una colecta entre los nuevos ricos y lograron reunir el costo de la nómina de 2 meses.
El dinero marimbero circuló a todo nivel. Financiaron campañas políticas, regalaban cirugías, pagaban matrículas universitarias, subsidiaban a reinas, carnavales y fiestas patronales, adquirieron obras de artistas criollos e invirtieron en ganadería, agricultura y construcción de viviendas.
De caché. Los marimberos construyeron espléndidas casas en Riohacha, adquirieron fabulosas mansiones en Barranquilla y lujosos apartamentos en El Rodadero, Cartagena y Miami. A esos lugares se trasladaban con sus familias, gustos, música y culinaria. Los vehículos fueron un símbolo de poder, desde el Mercedes Benz hasta la Ford Ranger. Algunos sentían que no les lucía reparar carros, si se varaban en una calle o carretera, lo dejaban tirado y al día siguiente compraban otro.
Las mujeres fueron las clientas preferidas de las boutiques más exclusivas de Barranquilla y Miami, a esta última ciudad viajaban en sus avionetas privadas. La ropa costosa se convirtió en objeto de competencia. El velorio, el compromiso social más importante para los guajiros, pasó de ceremonia de recogimiento, a desfile de modas. Despampanantes trajes y espléndidas joyas entraban y salían de las casas al dar el pésame, provocando rumores entre los asistentes.
La mayor preocupación de la mujer de un marimbero era la competencia: las amantes, queridas o novias de su marido. Se conocen casos de esposas que enfrentaron mediante hechicería a sus rivales. Viajaron a Panamá, Venezuela, Cuba y Haití en búsqueda de hechiceros para romper la relación de sus maridos con las otras. En Barranquilla y Riohacha se libraron verdaderas batallas mágicas entre mujeres de un mismo hombre. Los conjuros y maleficios iban y venían de un hogar a otro. Se asegura que el uso continuo de brujería terminó arruinando a ciertas familias.
Otros marimberos gustaban de caprichos excéntricos, como contratar prostíbulos enteros en Barranquilla, cerraban las puertas por 2 o 3 días, a semejanza de las bacanales romanas. Un conductor de un mayorista recuerda ese pasaje con orgullo. “El patrón me mandó tres para mí solo, cuando me vi con tres hembrotas desnudas, no sabía por dónde empezar, es el mejor recuerdo de mi vida”.
En tiempos de la bonanza, la tortuga frita –el plato más exclusivo de la gastronomía guajira– la pagaban por adelantado al triple del valor, y los que residían en Barranquilla contrataban carros expresos para que les llevaran tortuga desde la península.
En una oportunidad, la residencia de uno de ellos en Barranquilla fue allanada por la Policía y el Servicio de Sanidad. Vecinos habían denunciado que los guajiros tenían un cadáver insepulto en su patio. Cuando las autoridades irrumpieron en la vivienda notaron que el fuerte olor procedía de una ponchera. Los agentes esperaban encontrar un ser humano picado y pudriéndose, levantaron la tapa y hallaron 10 kilos de cachirra, pez salinero de desagradable olor y exquisito sabor, muy apetecido en la zona de Camarones (La Guajira).

Parrandas, música y gallos. La parranda es una práctica de origen español, arraigada en Riohacha desde el siglo XIX. Eran músicos que iban de puerta en puerta cantando y esperando unos traguitos. A principios del siglo XX nació la parranda estacionaria, músicos de bandas se reunían a tertuliar, beber y cantar.
En la época de los grandes contrabandistas, el músico pasó de protagonista a amenizar eventos de otros. Cuando un comerciante lograba introducir a salvo su mercancía, contrataba músicos, abría una caja de whisky, ginebra o brandy y celebraba con sus amigos. La parranda se extendió por La Guajira para celebrar triunfos comerciales y políticos, conmemorar cumpleaños y bautizos, y festejar fiestas patronales.
En la bonanza se sabía cuándo iniciaba una parranda pero no cuándo terminaba. Podían durar de 2 a 5 días. Dos o tres conjuntos vallenatos, compositores con guitarras y un mariachi. Se consumía varias cajas de whisky y toneladas de comida, picadas, friche, asados, sopas a media noche y tortuga en la mañana. La gente tomaba, amanecía, se retiraba a dormir en chinchorros cercanos, o iba a su casa, se cambiaba de ropa y regresaba.

El vallenato se benefició de la marimbería por ser la música de su tierra, la que escuchaban de niños en sus pueblos. Compositores e intérpretes tuvieron su bonanza durante la bonanza. Por primera vez les remuneraban bien su trabajo. Antes, los músicos ganaban una miseria, la mayoría se veían obligados a trabajar en oficios alternos para sobrevivir: jornaleros, carpinteros, albañiles y mensajeros. Los menos afortunados llegaban a la vejez alcoholizados, tocando por un poco de comida y mucho ron.

El gusto marimbero por la música vallenata permitió mejorar ostensiblemente la calidad de vida de gran parte de ese gremio. Les pagaban muy bien los toques y parrandas, en ocasiones les obsequiaban vehículos, electrodomésticos y ganado.
Por aprecio y agradecimiento, compositores inmortalizaron a sus amigos a través de melodías. A su vez, acordeoneros y cantantes, en correspondencia por la exorbitante generosidad, les enviaban saludos en las grabaciones de discos. Gesto que se convirtió en negocio, cualquier persona pagaba para que lo saludaran.

La riña de gallos finos fue por décadas la afición preferida del campesino guajiro. Cuando estos se involucraron en el negocio de la marihuana, el esparcimiento se convirtió en espectáculo de grandes inversiones y apuestas.

Los marimberos tomaron el asunto de gallos como cuestión de honor. Hicieron cruces de las mejores razas. Importaron aves de Aruba, Miami, Cuba y España, esperando crear animales invencibles. El nuevo gallo guajiro ganó fama nacional. Se intentó, incluso, cruzar gallos con gavilanes, en búsqueda de engendrar un verdadero asesino emplumado.
Las apuestas eran desmedidas. Millones de pesos, miles de dólares, vehículos y hasta fincas se jugaban. Un exrico de la marihuana reconoció que los gallos fueron su ruina: “viajábamos a muchas partes del mundo apostando dinero como locos, ahí se me fue mi plata”.
Conciertos de plomo en do mayor. La tenencia de armas es tradición en La Guajira criolla desde el siglo XIX, y milenaria en La Guajira indígena. Era una prenda más de vestir. El resguardo del honor, su uso común. En el siglo XX el arma continuó como elemento disuasivo, en una tierra donde históricamente la ausencia de autoridad ha llevado a que las familias de las víctimas se encarguen de hacer justicia.





En la bonanza, la adquisición de armas fue una prioridad. Los marimberos adquirieron modernos arsenales, armaron a familiares, ahijados y amigos, y los improvisaron como guardaespaldas. 

Los disparos al aire, antigua tradición practicada a la medianoche los 31 de diciembre, para celebrar el cambio de año, en la bonanza tuvo otros motivos: se hacían para marcar territorio o expresar estados de ánimo. Celebraban o maldecían disparando, o simplemente porque les daba la gana. Si alguien hacía un tiro al aire, otro le respondía desde algún patio. Los habitantes de Riohacha presenciaban un concierto de plomo todas las noches, entre 300 y 500 tiros se hacían como pasatiempo.

Para los jefes marimberos, el valor y el tamaño del arma eran elementos de prestigio. El voluminoso revólver Smith & Wesson modelo 29, más conocido como Magnum 44, inmortalizado por Clint Eastwood en el film Harry el sucio, fue el favorito de marimberos campesinos. Lo portaban en la parte de atrás del pantalón causando una protuberancia del mismo, lo que les valió el apelativo de ‘culo puyú’. Otros preferían la pistola Browning calibre 9 mm. La llevaban en la parte del frente de su pantalón. A estos le decían los ‘cacha afuera’. Artesanos y orfebres de los Estados Unidos hicieron su agosto personalizando armas para guajiros. Fabricaban cachas de oro con las iniciales del dueño e incrustaciones de piedras preciosas.
A ciertos personajes las armas y el poder los trastornó. En la Punta de los Remedios se recuerda a alguien que gustaba caminar con la pistola en la mano y montada. En Maicao, la pasión de un mestizo era embestir con su camioneta a peatones. En Riohacha hubo maridos que aterrorizaban a sus mujeres con disparos. Uno de ellos, cuando necesitaba a su esposa, en vez de llamarla por su nombre, hacía un tiro y ella entendía que debía acudir.
El juego con armas entre amigos y familiares les costó la vida a decenas de jóvenes. En medio del licor terminaban matando a un buen amigo o a su propio pariente. La tentación de sacar un arma para resolver pequeños problemas condujo a decenas de muertes absurdas y al exilio a otros para evitar la venganza.
Algunos jóvenes se transformaron en auténticos pistoleros, y terminaron siendo tan peligrosos que hasta los marimberos les temían. Trabajaron de escoltas o “solucionadores de problemas”. Al finalizar la bonanza quedaron sueltos y por su cuenta. Murieron en su ley. El abuso del poder y la intimidación por parte de pistoleros destrozaron la imagen del guajiro en la Costa Caribe.

El armamentismo se propagó como epidemia. Abogados, profesores, médicos, comerciantes y hasta sacerdotes adquirieron armas para enfrentar posibles amenazas de pistoleros. “Si se meten conmigo, les doy a’lante”, decían.

El aislamiento. La Riohacha tradicional y la Maicao comercial fueron las que más sufrieron el impacto de la cultura marimbera. A la primera –entonces ciudad conservadora, de economía débil, costumbres mesuradas, devoción religiosa y concentración del poder en pocas familias– le llegó desde la zona rural una migración de extensas familias con mucho dinero, armadas hasta los dientes y celebraciones fastuosas. La segunda, una pujante ciudad comercial, fue tomada por pistoleros criollos y mestizos que atemorizaron a sus habitantes y espantaron a quienes por años habían logrado darle a la ciudad credibilidad a nivel nacional.
Los disparos y el volumen de los equipos de sonido mantuvieron a riohacheros y maicaeros encerrados por años. Cuando lograron asomarse a la puerta, las ciudades no les pertenecían.

Sin embargo, la intolerancia e intimidación nunca fue perdonada. Las familias amigas de los tiros empezaron a sufrir aislamiento social. A inicios de los noventa, el porte de armas empezó nuevamente a ser mal visto, fue pasando de moda. La gente discretamente se apartaba cuando veían a alguien armado. Lo dejaban solo.


Riohacha y Maicao jamás serían las mismas. La marimbería estremeció esas ciudades y opacó a la sociedad civil de ambas. Riohacha ha logrado salir adelante; Maicao aún no encuentra su norte.

En la actualidad se quiere responsabilizar de todos los males de La Guajira a la cultura marimbera. El clientelismo y el nepotismo vienen de atrás. La corrupción es un mal endémico, herencia colonial. Miembros de algunas familias que jamás negociaron una libra de marihuana administraron recursos de regalías del carbón y gas como plata de bolsillo. Al menos los marimberos despilfarraron su propio dinero, no el del pueblo.

Por Fredy González Zubiría

En el siguiente link se encontrará un importante estudio que se realizó sobre la bonanza marimbera en el Magdalena en los años 70 y 80

Te invitamos a que la estudies:

LA BONANZA MARIMBERA DEL MAGDALENA

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